miércoles, 9 de diciembre de 2009
miércoles, 4 de noviembre de 2009
lunes, 1 de junio de 2009
una canciòn de gondwana para alegrar el dia..!!
Mi vida es hermosa porque existes tu,
hermosos son mis días porque veo tu luz
llevas ese fuego que hay en mi corazón
Para toda mi vida tú eres la razón....oooh!
Es que tu cariño conmigo compartiste,
ya no estoy triste, no estoy tristeee
y a cambio de nada tu amor me diste,
ya no estoy triste, no estoy tristeee.
Felicidad, eso es lo que tú me das...
felicidad, cada mañana al despertar
felicidad, desde ti y para siempreee (x2)
Los pajaritos cantan al verte sonreír
es que tu amor al mundo logras transmitir
Y aunque siento dolor por quienes no están maaaas
con tu sola presencia todo quedo atrás
por siempre junto a ti un día tu me dijiste
ya no estoy triste, no estoy tristeee
es que me enseñaste que el amor existe
ya no estoy triste, no estoy tristeee
Felicidad, eso es lo que tú me das..
felicidad, cada mañana al despertar
felicidad, desde ti y para siempreee (x2)
y a cambio de nada tu amor me diste
ya no estoy triste, no estoy tristeeeee
Felicidad, eso es lo que tú me das..
felicidad, cada mañana al despertar
felicidad, desde ti y para siempreee (x2)
Felicidad, eso es lo que tú me das...
felicidad, cada mañana al despertar
felicidad, desde ti y para siempreee (x2)
fuente: musica.com.. :)
viernes, 15 de mayo de 2009
Un cuentito con una gran sabiduría..espero que guste
La disputa entre griegos y romanos
Veamos lo que ocurrió cuando Roma pidió a Grecia su gran ciencia.
Fue así: como los romanos no tenían leyes, se las fueron a pedir a los griegos y ellos les respondieron que no las merecían ya que, como muy poco sabían, no podrían entenderlas. Ante la insistencia de los romanos, los griegos declararon que si querían las leyes, debían debatir con sus sabios para comprobar si las entendían y las podían adoptar como propias. Felices, los romanos aceptaron la propuesta pero, como desconocían el lenguaje de los sabios, acordaron disputar por señas y fijaron el día para comparecer.
Luego, tomaron conciencia del problema: ellos no eran cultos y no iban a poder comprender a los sabios doctores griegos. Afligidos y desorientados, no sabían qué hacer, hasta que un ciudadano sugirió que eligieran para competir a un bravucón que hiciese con las manos las señas que Dios le inspirara. Todos consideraron que para conseguir las leyes, cualquier estrategia era válida. Llamaron a un joven pícaro, ingenioso y audaz y le dijeron: “Tenemos contienda con los griegos y has resultado el elegido, la disputa es por señas y, si ganas, serás bien recompensado”.
Lo vistieron con esmero como si fuera un verdadero doctor en filosofía y al subirse al estrado afirmó soberbio: “¡Que vengan los griegos con toda su sabiduría!”
Al estrado opuesto, subió, entonces, el sabio elegido por los griegos, un hombre culto y prudente. Todos guardaron silencio y comenzó el diálogo por señas tal como había sido acordado.
Se levantó el griego, majestuoso y sin hablar mostró un dedo, el que está al lado del pulgar, y luego se sentó con toda calma. Se levantó su rival y mostró el brazo extendido con tres dedos que apuntaban al griego: el pulgar por dos dedos cercado y contenido y los otros encogidos como arpones y se sentó muy satisfecho.
Se levantó el griego y tendió su palma llana y se sentó al instante. Al levantarse el romano con actitud desafiante, mostró su puño cerrado cargado de amenazas.
A todos los de Grecia dijo el sabio griego: “Merecen los romanos las leyes, no se las niego” y todos se levantaron en paz.
Le preguntaron al griego cuál había sido el diálogo por señas y el sabio explicó: “Hay un solo Dios, dije; el romano dijo que era un Dios en tres personas y me hizo tal seña. Yo dije que todo era según su voluntad y él respondió que Dios lo dominaba todo, gran verdad. Cuando así constaté que entendían la Santa Trinidad, supe que, con toda justicia, merecían las leyes”.
También los romanos le preguntaron al joven bravucón cuál había sido el significado de sus señas: “Me dijo que con su dedo me rompería un ojo, esto me enfureció y le respondí que yo le rompería delante de todos con dos dedos los ojos y con el pulgar los dientes. Esto no le gustó, entonces, insolente, me dijo que me daría una palmada en la mitad de mi frente. Le respondí que yo le daría la peor trompada de su vida. Cuando se dio cuanta de que yo era más fuerte, dejó de amenazar y no me negó nada”.
Por eso, dice el cuento de la vieja sabia: “No hay palabras malas si no son tomadas a mal. Confíen en que si son bien dichas, serán bien comprendidas”.
Veamos lo que ocurrió cuando Roma pidió a Grecia su gran ciencia.
Fue así: como los romanos no tenían leyes, se las fueron a pedir a los griegos y ellos les respondieron que no las merecían ya que, como muy poco sabían, no podrían entenderlas. Ante la insistencia de los romanos, los griegos declararon que si querían las leyes, debían debatir con sus sabios para comprobar si las entendían y las podían adoptar como propias. Felices, los romanos aceptaron la propuesta pero, como desconocían el lenguaje de los sabios, acordaron disputar por señas y fijaron el día para comparecer.
Luego, tomaron conciencia del problema: ellos no eran cultos y no iban a poder comprender a los sabios doctores griegos. Afligidos y desorientados, no sabían qué hacer, hasta que un ciudadano sugirió que eligieran para competir a un bravucón que hiciese con las manos las señas que Dios le inspirara. Todos consideraron que para conseguir las leyes, cualquier estrategia era válida. Llamaron a un joven pícaro, ingenioso y audaz y le dijeron: “Tenemos contienda con los griegos y has resultado el elegido, la disputa es por señas y, si ganas, serás bien recompensado”.
Lo vistieron con esmero como si fuera un verdadero doctor en filosofía y al subirse al estrado afirmó soberbio: “¡Que vengan los griegos con toda su sabiduría!”
Al estrado opuesto, subió, entonces, el sabio elegido por los griegos, un hombre culto y prudente. Todos guardaron silencio y comenzó el diálogo por señas tal como había sido acordado.
Se levantó el griego, majestuoso y sin hablar mostró un dedo, el que está al lado del pulgar, y luego se sentó con toda calma. Se levantó su rival y mostró el brazo extendido con tres dedos que apuntaban al griego: el pulgar por dos dedos cercado y contenido y los otros encogidos como arpones y se sentó muy satisfecho.
Se levantó el griego y tendió su palma llana y se sentó al instante. Al levantarse el romano con actitud desafiante, mostró su puño cerrado cargado de amenazas.
A todos los de Grecia dijo el sabio griego: “Merecen los romanos las leyes, no se las niego” y todos se levantaron en paz.
Le preguntaron al griego cuál había sido el diálogo por señas y el sabio explicó: “Hay un solo Dios, dije; el romano dijo que era un Dios en tres personas y me hizo tal seña. Yo dije que todo era según su voluntad y él respondió que Dios lo dominaba todo, gran verdad. Cuando así constaté que entendían la Santa Trinidad, supe que, con toda justicia, merecían las leyes”.
También los romanos le preguntaron al joven bravucón cuál había sido el significado de sus señas: “Me dijo que con su dedo me rompería un ojo, esto me enfureció y le respondí que yo le rompería delante de todos con dos dedos los ojos y con el pulgar los dientes. Esto no le gustó, entonces, insolente, me dijo que me daría una palmada en la mitad de mi frente. Le respondí que yo le daría la peor trompada de su vida. Cuando se dio cuanta de que yo era más fuerte, dejó de amenazar y no me negó nada”.
Por eso, dice el cuento de la vieja sabia: “No hay palabras malas si no son tomadas a mal. Confíen en que si son bien dichas, serán bien comprendidas”.
miércoles, 6 de mayo de 2009
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